If you had such a dream
Would you get up and do the
things you've been dreaming.
“I could be dreaming", Tiger Milk, Belle & Sebastian, 1996
Varias
personas me han dicho que debo escribir lo que viví en la noche del 20 de
octubre de 2015. Así que aquí estoy, por ellos y por mí: no quiero olvidar nada,
quiero dejar registro de todo lo que recuerdo, ya que es algo que ha traspasado
los límites de todo lo que mi poderosa mente se atrevido a imaginar. No
obstante, tengo que pedirles disculpas a todos mis lectores porque lo que sigue
no lo escribe Naná, lo escribo yo; perdón, queridos fans.
Antes
que nada me gustaría aclarar que aunque cueste creerlo esta historia es cien
por ciento real y guardo registro de todo lo que viví: en mi mente, en mi
corazón y en mi teléfono celular. Debo reconocer que la anécdota no ha sido del
todo fruto de la casualidad, sino que fue más bien motivada por mi fuerte e
inagotable deseo de sorprender a los seguidores de Estilo Naná… y quizás, inconscientemente, a mí misma, en mi afán de
continuar. Sin embargo, una vez más, la suerte estuvo muy de nuestro lado. “Justicia
divina”, según los amigos que me quieren; yo no puedo asegurar que ese sea el
caso, tampoco puedo hacer ningún pacto con las fuerzas del cielo, el hecho es
que fuimos muy afortunadas.
La
mayoría de las personas que leen mi blog me conoce hace mucho y sabe que Belle & Sebastian es mi banda
favorita desde hace muchísimos años. Justificar esta devoción o realizar un
recorrido por la trayectoria de la banda carece de sentido. Tampoco tiene
sentido escribir un artículo serio sobre la visita de la banda escocesa a
nuestro país haciendo un análisis detallado de referencias e influencias musicales,
o de tipo sociocultural acerca de su público: no sé hacerlo, no me interesa. Sencillamente
quiero dejar registro de lo que me pasó, porque fue en verdad maravilloso.
Todo
comenzó como una de las tantas ideas descabelladas que se me ocurren a diario,
un esquema desprolijo de una fantasía imposible. Fue fuerte. La idea de entrevistar
a Stuart Murdoch sobre golosinas era algo que ni siquiera se
atrevía a pasar cerca de mi cerebro. Por supuesto que alguna vez lo habré fantaseado,
como fantaseamos todos en el plano de lo imaginario las cosas que nos gustaría
que sucedan en la realidad. Sin embargo, cuando me enteré de que Belle &
Sebastian volvería a visitar nuestro país, esa ilusión se fue convirtiendo en algo
remotamente posible, aunque quizás muchos pensaron que se trataba otro de mis desvaríos.
Una vez más, los sorprendí a ellos y a mí.
Sin más
digresiones, para los que querían saber detalles sobre esa noche, voy a ir al
grano. Todo comenzó así:
Fascinadas por el show, Lupe y yo salimos del teatro. Podría haberme conformado con esa bonita experiencia, pero yo siempre quiero ir un poco más allá, un poco más adelante, un poco más cerca: así soy, lo llevo en la sangre, desde chica me gustó eso de ver de cerca a los que me gustan. Sí, porque me gusta ver si se cumple aquello que una vez escribió Gustave Flaubert en Madame Bovary (mi novela de cabecera): "A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos". La mayoría de las veces el brillo que se vislumbra a lo lejos demuestra ser un espejismo; pero a veces las puntas de los dedos se tiñen de dorado y una se mancha con alegría. Guiada por esa curiosidad, continué.
Fascinadas por el show, Lupe y yo salimos del teatro. Podría haberme conformado con esa bonita experiencia, pero yo siempre quiero ir un poco más allá, un poco más adelante, un poco más cerca: así soy, lo llevo en la sangre, desde chica me gustó eso de ver de cerca a los que me gustan. Sí, porque me gusta ver si se cumple aquello que una vez escribió Gustave Flaubert en Madame Bovary (mi novela de cabecera): "A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos". La mayoría de las veces el brillo que se vislumbra a lo lejos demuestra ser un espejismo; pero a veces las puntas de los dedos se tiñen de dorado y una se mancha con alegría. Guiada por esa curiosidad, continué.
Así que ahí estábamos con Lupe, preparándonos por
si sucedía el prodigio: esperamos y esperamos ante la puerta del Gran Rex mientras pasaban diferentes
grupos de amigos y conocidos que nos decían que nos dejáramos de joder, que fuéramos
a comernos una pizza con ellos. Pero no, nosotras nos aguantamos las ganas de
comer pizza y de hacer pis, y seguimos esperando, porque teníamos una misión.
Hasta que de repente se acercó un señor y nos dijo: “Chicas, no esperen más, la
banda se fue hace veinte minutos”. Aún recuerdo la cara de decepción de Lupe que,
comprometida con el proyecto, me miró y me dijo: “Por lo menos lo intentamos”.
Estábamos
por emprender el camino de vuelta a nuestras casas, cuando de repente quien les
habla giró la vista hacia la derecha y divisó dos combis en las que se estaban
cargando instrumentos. Insistí a Lupe, que ya estaba abatida por la situación,
y corrí. Allí encontré una puerta, ante la cual aguardaba aún con esperanzas un
grupo de unas seis personas, probablemente más fanáticas que yo. Consulté y me
dijeron que ya se habían ido todos, a lo que yo respondí: “¿Y qué están esperando
entonces?”. Quedaron calladas. Volví a interrogar, porque en mi buena mente
creí que quizás había entendido mal: “Si todos se fueron, ¿para qué esperan?”.
Una de las jovencitas, derrotada, me dijo en voz baja: “Stuart no salió”.
Esperé
unos minutos, tranquila pero -lo
admito- con una corazonada fuerte de que
se venía algo intenso. Pero como la paciencia y la estabilidad en todas sus
formas no son mi fuerte, la calma caducó y comencé a caminar inquieta, hasta que
dije: “Ya fue, yo me meto”.
Con
mi destreza innata para este tipo de cosas, aproveché que un seguridad miró
para otro lado, di un giro acompañado de un único pero preciso paso y atravesé
la puerta prohibida. Fue un segundo. Tipeo y me sale un suspiro, se los juro.
Fue una milésima de segundo, amigos, y en ese instante lo vi caminando hacia mí:
solo él, solo yo. Tenía enfrente al Súper Hombre, al creador de todas de todas
esas cosas buenas, el de la voz mágica, el de las canciones tristes que
bailamos y cantamos, las canciones tristes que tanto y tanto escuché, que tanto
y tanto sentí durante tantos y tantos años a través de todo tipo de
dispositivos de audio: ahí estaba, siendo real, de carne y hueso, con su porte scottish y su rosácea casi fucsia, él se
acercaba a mí con pasos gentiles y me miraba con unos ojos que eran los mismos
ojos que yo había visto a través de la pantalla en youtube.
Detuve
todas mis emociones, todas las características de persona inmadura groupie fan de casi treinta años, toda
mi niñez, no lloré, no grité, no me hice pis, le sonreí y en mi inglés indio de
mala alumna en todo, le dije: “Hi Stuart, I´m waiting for you, I have a blog
about candies, I want to interview, it’s just a question”. Stuart sonrió, se
acercó, me tomó del hombro y me dijo: “Sure”, y ahí empecé a temblar.
Salimos.
Las caras de los fans que esperaban para verlo se iluminaron, y ver eso también
fue hermoso. Ahí entró en acción Lupe
Sendra, mi maravillosa productora bilingüe con quien todo lo puedo lograr,
y le explicó más prolijamente la propuesta. Stuart, cálido, saludó a cada uno
de los fans y luego de explicar que se había quedado solo y que no sabía cómo
volver a su hotel nos dio la entrevista tan esperada.
Hasta
ahí estaba todo dentro de lo imposible pero realizable, y claro que fue
emocionante y de otro mundo, pero seguía dentro del plano de lo que mi
imaginación podía concebir. Lo mejor vino después.
Al
terminar la entrevista, nos quedamos escuchando los intercambios con los otros
fans. Stuart se mostró muy cordial con todos, creo que estuvimos casi una hora,
en la que muy amablemente se tomó fotos, filmó videos, firmó autógrafos, con la
particularidad de interiorizarse con cada una de las personas que se acercaban:
hacía preguntas, respondía otras, un primor.
Luego,
una de las chicas que lo había estado esperando le dijo que ella iba para el
mismo lado, Palermo, que podían tomarse el colectivo juntos, a lo que Stuart accedió:
prefería viajar en colectivo a que le pidiéramos un auto. Se fijó en el GPS de
su celular dónde quedaba el hotel y comenzó a caminar junto al grupo de chicas
que le ofreció acompañarlo.
A
Lupe y a mí nos dio un poco de vergüenza: considerábamos que nuestra misión ya estaba
cumplida, ¿para qué más? Sin embargo, seguimos caminando a la par del grupo que
se había formado, nos dejamos envolver en la surreal situación de caminar con Stuart Murdoch por Carlos Pellegrini,
atravesando todos los peligros que pueden atravesarse en la noche porteña.
Stuart iba tranquilo, como en su barrio, charlaba, hacía comentarios, reía. En un momento Lupe decidió irse, pero
entonces apareció Madelaine que estaba buscando la parada del 152 para volver a
su barrio, que en parte es el mío. Así nos dirigimos, como en un sueño, hacia
la parada del 152, caminando a metros de Stuart. Cuando llegamos a la parada yo
me senté en un escalón, como suelo hacer cada vez que puedo, y traté de
procesar la situación. Tenía la nota
para Estilo Naná y estaba esperando un colectivo con Stuart Murdoch.
Stuart
filmaba todo, tomaba y compartía las fotos de su celular con nosotros, con una
humildad y una sencillez difícil de reproducir. Habremos estado ahí entre quince
y veinte minutos. Cuando llegó el cole, él formó la fila, pero antes de subir
me dejó pasar, tan educado y caballero, nunca lo olvidaré. Yo le devolví el
gesto pagándole el viaje con mi tarjeta SUBE.
Durante
el viaje en el colectivo de la línea 152 el cantante de Belle & Sebastian
compartió con nosotros todo tipo de experiencias, y yo por primera vez en la
vida comprendí una conversación en una lengua extranjera en su totalidad,
también pude comunicarme, interrogarlo, hacerle chistes, reír: fue todo muy
hermoso. Hubo momentos de silencio en que los que estábamos ahí nos mirábamos,
como diciendo WHAT THE FUCK? Sacamos
pocas fotos, yo saqué algunas como para que mis amigos no pensaran que la había
flashado de más, pero lo hacía con disimulo. Por momentos quedaba petrificada,
lo tenía muy cerca, ¿qué podía contarle?, ¿cómo decirle todo lo que significaba
para mí? Y así se pasaron las calles y las avenidas y se pasaron los minutos en
que la vida es generosa, maravillosa y te sorprende como nunca. Cuando llegamos
a Palermo, Murdoch se bajó con las chicas y un chico muy simpático. Antes de
bajarse me dio un apretón de manos y me miró a los ojos. “Thank you so much”,
le dije bajito, casi tan rosada como él, ero de timidez, y me sonrió. Dio media
vuelta y se bajó.
Nosotros
nos bajamos en Cabildo entre puteadas inconexas, saltos, ganas de llorar, de reír,
de abrazarnos, no sé de qué, como locos, repitiendo: “¡La puta! ¿Qué carajo
pasó?” Después nos tomamos el 107 y cada uno se fue a su casa, pensando si íbamos
a poder dormirnos o si queríamos quedarnos en ese sueño.
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